FRANCISCO ALONSO MARTÍNEZ

QUIZÁ MAÑANA

Pretendían hacer realidad sus nuevas ideas sobre los museos. Lo lograron. Crearon el Museo de las Ideas, un mayestático edificio cuyo interior estaba completamente vacío. Recibieron numerosos galardones, claro está, por su innovadora concepción. Para unos, las ideas flotaban en el aire; para otros, sólo el vacío podía garantizar que todas tuvieran igual relevancia. Pero quien mostró más admiración fue el personal de limpieza.

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En aquella comunidad la muerte no existía. Cuando alguien fallecía, decían que se había ido al otro barrio, que había pasado a mejor vida, que había subido al cielo, que había estirado la pata, que se había quedado frito, que había doblado la servilleta, que había hincado el pico, que había liado los bártulos. Todos estaban gozosos de su inmortalidad, y el mismo gozo les hacía vivir muchos años.

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Como gestor cultural con inquietud social que era, organizó una serie de conciertos gratuitos durante la temporada. Fueron un fracaso. La temporada siguiente optó por gastar mucho en la publicidad de los conciertos y en cobrar una respetable cantidad por entrada. Los conciertos fueron un éxito. Sólo de público.

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Después de ganar una fortuna en un juego de azar, creyó que el medio en el que se desenvolvía era muy inseguro y contrató un ejército de guardaespaldas. Pero siguió sintiéndose inseguro. Consultó a cuatro sabios doctores. Uno le dijo que cambiara de entorno; el segundo, que el entorno no era inseguro, sino que el inseguro era él; el tercero, que tenía el destino marcado, como todos los mortales, y que nada podría cambiarlo; y el último, que todo depende del azar, y que este, al igual que le dio la riqueza, le podía quitar esa misma riqueza y la otra mayor, la vida. Contrató dos ejércitos de guardaespaldas más.

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Todos se sentían amenazados, por lo que contrataron escoltas, que, como también formaban parte de los amenazados, contrataron a su vez escoltas, por supuesto amenazados, que escoltaban a los escoltas cuando los escoltas iban a escoltar a los que escoltaban. Todos se escoltaban recíprocamente. Todos se sentían amenazados.

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Las gentes de aquel lugar estaban muy disgustadas porque, a pesar de que tenían la esperanza de vida más alta de todo el planeta, querían vivir más años. Reunieron a los más ilustres doctores y les prometieron llenarles los bolsillos de dólares si lograban prolongarles apreciablemente sus vidas. Y lo hicieron: adelantaron diez años la fecha que marcaba el calendario.

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