FRANCISCO ALONSO MARTÍNEZ

QUIZÁ MAÑANA

Era, de entre todos los homo erectus de aquel clan, el más extremista: siempre, o todo o nada. Cuando trajeron por primera vez el fuego al poblado, quedó fascinado. Y lo quiso para sí. Era uno de sus todos. Primero fue su luz: lo encandiló; luego su calor: lo reconfortó; finalmente, su ardor: lo quemó. El todo lo convirtió en nada.

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El presidente del aquel grupo empresarial se mostraba últimamente muy taciturno. Uno de sus lacayos osó preguntarle un día qué le pasaba. “Quiero a una secretaria, y no tengo forma de conseguirla”, dijo. El lacayo, ansioso de ser solícito con el mandamás, le envió rápidamente a la secretaria más eficiente de su departamento. La secretaria querida siguió mostrándose distante; el presidente, taciturno. El lacayo había entendido que quería una secretaria. Fue despedido.

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Era atleta. Velocista. Los cien metros lisos. Pasó toda su juventud entrenando concienzudamente. Siempre le faltaron unas centésimas para clasificarse y poder disputar así los campeonatos nacionales. Los años se le echaron encima y tuvo que dejar las pistas. Se metió a relojero. Por fin le pudo a las centésimas, y aun a las milésimas.

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Un día dejó de comer y empezó a nutrirse de interrogantes. Estos se fueron instalando en la cabeza, y la cabeza creció. Mucho. Tanto, que se convirtió en un cefalópodo. Ahora tiene atrofiados los pies de no usarlos -era muy trabajoso caminar con tanto interrogante a cuestas-, y la gente juega con su cabeza dándole puntapiés; es como un balón, pero con nombre y apellidos e interrogantes.

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