FRANCISCO ALONSO MARTÍNEZ

QUIZÁ MAÑANA

Tenía una curiosidad insaciable. Todo lo que desconocía era motivo de inquietud e insatisfacción. Un día cogió un ascensor. Al ir a apretar el botón del piso al que iba vio que debajo de la E del entresuelo, de la B de bajos y de la S de sótano había una sorprendente I; ¿I de qué? No pudo resistir la tentación y la pulsó. El ascensor bajó a una velocidad frenética durante un lapso de tiempo indeterminado, hasta que finalmente se paró. Satanás le abrió la puerta.

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Era una persona de mente muy lúcida. Mientras todos celebraban sus cumpleaños con alegría, ella, en esas señaladas fechas, contrataba a plañideras para que le lloraran: se trataba de recordar sus restaños. Gracias a estos vivía más intensamente los otros trescientos sesenta y cuatro días del año.

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Estaba prendado del rojo. Comía con delectación fresas y cerezas, rojas; bebía vino, rosado y conducía un coche, rojo. Enrojecía de ira y de pudor sólo para contemplarse ante el espejo. Concluyó que el propio cuerpo era la mina más rica de rojez. Se asestó una puñalada en el pecho para saciar sus instintos. Cubierto de sangre, estuvo a punto de llegar al paroxismo. Cayó exangüe.

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Era un prodigio comiendo cerezas. Estas pasaban directamente a los premolares, que las partían; luego su habilidosa lengua separaba los huesos y los escupía; finalmente, los molares trituraban la pulpa, que era deglutida. Se presentó a todos los concursos locales, comarcales, nacionales e internacionales de comedores de cerezas, y todos los ganó. Era un prodigio. Comiendo cerezas.

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La realidad era demasiado franca; mostraba sin tapujos todas sus caras, y no todas eran agradables. La ficción era demasiado sutil; requería un esfuerzo imaginativo excesivo, esfuerzo que le provocaba sudores, sudores que le acercaban a la realidad. Por eso escogió la virtualidad: así perdió la siempre problemática personalidad y se convirtió en un esplendoroso vegetal.

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Niño, tú nos has salido rana”; “niño, de tanto beber agua vas a criar ranas en el estómago”; “renacuajo, vete de aquí”. El niño tuvo la convicción de que se había convertido en un batracio. Y se resignó. A partir de entonces se pasaba la mayor parte del día bajo la ducha, procurando que su piel no perdiera la humedad. A tal cosa le obligaba su nueva naturaleza. Así descubrió lo relajantes que son las duchas.

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La sala estaba atestada de gente. Antonio el Quiebrapescuezos estaba jugando a las cartas, cuando entró un desconocido y le espetó que era un hijo de puta y un maricón. Antonio no se inmutó y el tipo aquel, defraudado, se largó.

Antonio confesó más tarde a un conocido que, efectivamente, su madre había ejercido de ramera en época de estrecheces, y que él era, a mucha honra, homosexual.

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