FRANCISCO ALONSO MARTÍNEZ

QUIZÁ MAÑANA

El gerente se jactaba de que el suyo era el único hotel que respetaba plenamente el derecho a la intimidad de sus clientes. Desde que se ocupaban las habitación hasta que se dejaban, el personal del servicio no entraba en ellas. Las camas sin hacer, el suelo sin barrer ni fregar y los sanitarios sin limpiar eran la muestra inequívoca de la honradez y eficacia del establecimiento.

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Aquel Tribunal de la Santa Inquisición tuvo que emitir su veredicto en las causas de dos demandados: en una se acusaba al reo de inmoralidad, y en otra, de amoralidad. Ambos sujetos fueron hallados culpables. El primero fue multado; el segundo, llevado a la hoguera sin apenas dilación.

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Gustaban De Escribir Todo En Mayúsculas, Porque Lo Suyo Era La Democracia. Pero el estado, el gobierno, el ejército, la iglesia y hasta la universidad arremetieron contra ellos porque consideraron que socavaban su poder, que constituía los fundamentos de la sociedad. Promulgaron una ley. Y la Ley puso las cosas en su sitio.

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Tenía fama de ser la librería mejor surtida de toda la ciudad. En ella se podían encontrar toda clase de carpetas, libretas, agendas, cartulinas, bolígrafos, plumas, gomas, hojas, diarios, revistas y un quilométrico etcétera. No había libros.

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Yacía esparcido en forma de serrín, serrín, eso sí, de madera de cedro. Había sido en otro tiempo un cedro noble, fuerte, centenario. Pero lo cortaron, lo aserraron e hicieron de él tablas con las que los ebanistas construyeron bellos muebles para un suntuoso palacio. ¡Qué felices ahora los tableros de aglomerado!

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